Prozac para la clase política
Jorge Buendía
El Semanario, 04/02/2010.
Las
élites del país necesitan Prozac. El nivel de enfrentamiento entre los
partidos es tal que es imperativo recetarles una dosis de Prozac para
dar lugar a la moderación y a los acuerdos. La segunda vuelta electoral
es lo más cercano al Prozac Institucional. Un instrumento de este tipo
tranquilizaría los ánimos de los contendientes a la Presidencia.
El
gobierno de Felipe Calderón erró en el diagnóstico de los males
políticos que aquejan al país pero, para su fortuna, en su receta de
reforma viene el remedio para la enfermedad. El error: el principal
problema de diseño institucional en México no es la ausencia de
mayorías en el Congreso, sino la polarización política, especialmente
la partidista. La inexistencia de acuerdos legislativos es simplemente
una consecuencia de la distancia que separa a una élite partidista de
otra. A la polarización PAN-PRD derivada de los comicios de 2006 se le
ha añadido en semanas recientes el renacimiento del histórico conflicto
PRI-antiPRI.
La
distancia entre los partidos es tal que la parálisis legislativa
resulta natural, particularmente si tomamos en cuenta que las reformas
constitucionales también requieren de la aprobación de la mayoría de
los congresos estatales (en manos del PRI). Aun sin una mayoría
legislativa, el partido gobernante podría pasar sus reformas si
generara puntos de acuerdo entre los diferentes partidos. La
interrogante es cómo generar esos puntos de acuerdo o, en otras
palabras, cómo reducir la distancia entre una fuerza política y la otra.
La
respuesta está en la segunda vuelta electoral. El gobierno de Calderón
la propuso para generar una mayoría en la elección del presidente de la
República y así apuntalar la legitimidad del primer mandatario. Pero el
principal efecto de la segunda vuelta es moderar las posturas de los
contendientes y de generar puntos de acercamiento entre ellos. Con
segunda vuelta electoral en 2006, López Obrador no se habría polarizado
en la campaña. A sabiendas de que una segunda vuelta electoral contra
Calderón sería inevitable, lo racional habría sido tender puentes hacia
el electorado de la tercera fuerza partidista, hacia los priístas. Sólo
con ellos se alcanzaría el triunfo en la segunda ronda y, como es
sabido, el electorado tricolor es conservador y adverso al riesgo.
Otro
ejemplo: la victoria de Sebastian Piñera en Chile se debió a la
moderación de la derecha. El candidato de la Concertación, Frei, buscó
mantener viva la polarización de la era pinochetista, el histórico
conflicto dictadura-democracia, pero Piñera no cayó en la trampa. Por
el contrario, dado que la tercera fuerza electoral provenía del campo
socialista, Piñera buscó acercarse a ese electorado y una manera de
hacerlo fue manifestando que bajo su gobierno no habría cabida para
altos funcionarios de la dictadura.
La
segunda vuelta electoral reduce la distancia entre las posiciones de
los candidatos, en especial entre quienes ocupan las primeras tres o
cuatro posiciones electorales. Este acercamiento disminuye la
polarización. Además, el electorado mexicano no está polarizado. Si lo
estuviera la coalición lopezobradorista seguiría intacta y la victoria
priísta en 2009 habría sido impensable. En México, son las élites, y no
los votantes, quienes viven en un mundo polarizado. Requerimos de
Prozac Institucional.